Paquito El Chocolatero es la pieza musical más célebre de Gustavo Pascual Falcó.
Gustavo nació en 1910, en el seno de una familia muy humilde. De niño, se le detectó una enfermedad crónica en los riñones, pero el pequeño Gustavo supo encontrar refugio en la música. Su dolencia le forjó una personalidad aplicada y su talento innato lo catapultó a convertirse en clarinete solista de la Banda Municipal de Cocentaina, su pueblo natal, con tan solo diez años. Con su virtuosismo empezó a cosechar premios y reconocimientos a partir de los catorce años. Y su amor platónico fue, desde la adolescencia, Consuelo Pérez, hermana de Francisco Pérez. Ambos hermanos eran apodados «los chocolateros», por la profesión de su padre, el cual se oponía a la relación entre Consuelo y Gustavo. Pero el amor entre los dos jóvenes era tan idílico y romántico que Consuelo se impuso a la voluntad de su padre quien, antes de fallecer, concedió la mano para que se casasen.
Sin embargo, la Guerra Civil se cruzó en sus vidas y, justo el día en que nació su primera hija, estalló la guerra. La familia se trasladó a un huerto a los pies de una montaña, junto a la familia de Paco, hermano de Consuelo. Gustavo empezó a transcribir melodías a partir de la radio y a empezar a componer piezas musicales, entre ellas una de carácter eminentemente festivo y llena de nostalgia de las fiestas locales que, por la guerra, no se podían celebrar: Paquito El Chocolatero, dedicada a su cuñado, conocido en el pueblo por su sencillez y su implicación en todos los actos festivos.
La guerra se agravó y Gustavo fue llamado a filas, pero por su afección impidió que llegase a combatir. No obstante, fue obligado a permanecer encerrado en su casa hasta el final del conflicto bélico, cosa que aprovechó para continuar su entregado estudio autodidacta de composición musical. Cuando la guerra terminó, Gustavo fue el mayor referente musical de la comarca. A pesar de no ser prolífico en sus creaciones, todas sus piezas evocan el espíritu festivo y popular de su tierra.
Su música transmite alegría y una conexión especial con lo mundano, con la amistad y con el disfrute de las celebraciones, cosa que resulta paradójico con la tristeza y el dolor que lo envolvían cuando sufría achaques al paso que su enfermedad proliferaba.
En el último periodo de vida, perdió a su segundo hijo cuando tenía cuatro años, trance que golpeó duramente su hogar. Pero Consuelo y Gustavo se sobrepusieron y, años después, volvieron a ser padres, nombrando de nuevo a su segundo hijo Gustavo. Un año después, Gustavo enfermó seriamente y acabó muriendo a la temprana edad de treinta y seis años, dejando una caja llena de partituras que, con el paso del tiempo, han ido traspasando fronteras, especialmente, Paquito El Chocolatero, composición que ha sonado en infinidad de países y que es símbolo de toda celebración.
La figura de Gustavo y su música son, por encima de todo, un canto a la vida, una alegoría a la alegría, por encima de las adversidades y de las penas que cualquier persona pueda sufrir. Gustavo Pascual Falcó y Paquito El Chocolatero son una de las más auténticas lecciones de vida.

