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Estos son algunos de los relatos que nos habéis enviado:

El momento de los amantes del 19

Era dieciocho de marzo. La Mascletà de las dos todavía resonaban en los pechos de Salva y José. Levantaron su copa para brindar con unos escandinavos que se habían encontrado en la Plaza del Ayuntamiento hacía una hora y, por la euforia del momento, parecía que fuesen amigos suyos de toda la vida. El aire olía a pólvora, y a buñuelos recién hechos al pasar por las calles del Mercado. Aquellos nórdicos habían descorchado una botella de Momento Paquito y, sin preguntarles, les había ofrecido un vaso a aquellos dos falleros, Salva y José. Repartieron vasos como si fueran abrazos hasta exprimir la botella. Salva no podía para de reír al ver el número de aquellos desconocidos rebosantes de ganas de fiesta. Bebió y… pensó en ella, Noe. No habían quedado en verse, pero sí habían mencionado aquello de: «¡A ver si nos vemos en Fallas!». Aquella era la última noche que podía encontrarla, más allá del día de la Cremà.

—Eh, las promesas no explotan como los petardos —le dijo José.

—No me prometió nada. No dijimos de quedar —le contestó Salva.

—Ah, o sea que estás pensando en ella otra vez. Oye, que es mi primer año de fallero, piensa en mí, ¡que me he apuntado a tu falla por ti!

Noe, a pocas calles de allí, bailaba junto en su falla del barrio del Carmen mientras la banda afinaba los instrumentos. Habían terminado de comer y también tenía un vaso de Momento Paquito entre las manos, mezclado con un café expreso. Cada trago la hacía más vulnerable a la risa que provocaban sus amigas ante las mil anécdotas que se estaban dando en aquellas Fallas. 

—¿Dónde estás Noema? —le preguntó su amiga —. Deja el móvil. ¿Estás tonteando con alguien?

Noe no contestó. Lo fundió a negro, dio otro sorbo y miró hacia el cielo, ese azul mágico que capea Valencia a partir del mes de marzo. Y sobre aquel lienzo añil, se preguntó dónde estaría y por qué no le escribía su amor secreto. Sabía que en algún punto de la ciudad estaría haciendo algo parecido a lo que hacía ella en su falla: la sobremesa con sus amigos, o ir a algún sitio por algún motivo, o echar una partida al truc, dominó o parchís o… «¿Y por qué no viene a mi falla, si sabe cuál es?», se preguntó. «¿Y si voy yo a buscarlo yo? Pero… ¿por dónde empiezo?, me dijo que nunca estaba en su casal. ¡¿Cómo es posible que un fallero no esté en su casal?!»
 Salva caminó en dirección hacia el Carmen, acompañado de José, dejándose arrastrar por una charanga improvisada que deambulaba por las calles de la Plaza de la Reina sin rumbo ni retorno. Unos italianos gritaron: «¡Viva Valencia!», con acento torcido pero entusiasmo sincero.

—¡Solo falta que toquen Paquito El Chocolatero y algún bar saque una batería de chupitos de Paquito Barretxat! —ironizó José.

La charanga torció hacia la calle del Mar. Salva vio como las opciones de acercarse a Noe se desvanecían.

—¿Oye, vamos hacia el otro lado? —propuso Salva.

Pero José declinó esa opción, prefirió marcharse a su casa para descansar y coger fuerzas para la última noche de fiesta.

—Eh, no le escribas, que si no te irás con ella esta noche —le dijo.

—Eso quisiera yo.

—Pues entonces ni se te ocurra escribirle —le pidió—. Te verá el interés y pasará de ti. Bueno, te digo algo después de cenar, ¿vale?

Salva se dirigió, poco a poco hacia su falla, ubicada en el extrarradio. De camino hacia la zona de Alfahuir, se cruzó con un compañero de universidad que también conocía a Noema. Decidió que, en lugar de ir al casal de su falla, se refugiaría en el de aquel compañero universitario, que estaba más cercano del centro.

Pasadas las cinco, Noe fue a cambiarse de fallera. A las siete desfiló hacia la Plaza de la Virgen para hacer la Ofrenda a la Mare de Déu. Tras largas pausas y andares de procesión, a las once de la noche había logrado ofrecer su ramo. La emoción de aquel instante frente a la Virgen y el enigmático misticismo que la envuelve, provocó en ella algo que nunca había sentido y que tantas veces había visto en otras falleras, por televisión o en persona: una lágrima dulce de espíritu y salada por las penas se deslizó por su mejilla. El cansancio le pedía volver a casa, desvestirse, quitarse los ganchos, «¡uf, qué dolor!», ponerse el pijama y echarse a dormir. Pero sus amigas la convencieron de ir cada una a cambiarse, cenar algo rápido y encontrarse de nuevo en el casal a medianoche para, luego, ir a visitar distintos casales de Ruzafa donde actuaban algunas orquestas.

Durante la cena, Salva y su amigo universitario charlaron de los exámenes, de las fiestas de los jueves y de Noe. Salva no quería escribirle, pero su compañero le animó a hacerlo. Pero, entonces, un par de personas más mayores, vinieron a buscar a aquel amigo universitario, por lo que tuvo que marcharse a cargar un material para la Cremà del día siguiente.

—Ahora cuando vuelva, vamos a buscar a Noe los dos juntos —le prometió su compañero.

Salva aceptó la propuesta. Entonces, se dio cuenta de que estaba en medio de un mar de gente a la que no conocía de nada. Recordó a aquellos escandinavos. Y a los italianos. Le escribió a su amigo José, pero no daba señales, aunque le dejó «en visto». Empezó a ver videos para distraerse. No le quedaba mucha batería, pero no sabía qué hacer. «José debe de haberse quedado frito, lleva tres días sin parar. ¡Si hubiese descansado por las mañanas, como le aconsejé…!», pensó. «Quizá la mejor opción es escribirle a Noe…», se sugirió a sí mismo. Y, de pronto, la banda de música de aquella falla empezó a tocar Paquito El Chocolatero. Le explicaron que, en aquella comisión, el inicio de la fiesta durante las noches arrancaba siempre con aquella pieza antológica. Salva se fijó en que todos empezaban a acoger sus vasos. Alguien le ofreció un Paquito en una copa de plástico, y otro empezó a contarle historias de Fallas pasadas. Todos brindaron por las fiestas universales de todo el mundo. La amistad, unida a la música y la fiesta era el arte que mejor sabían desplegar las fallas y, aquel momento, lo ejemplificaba a la perfección. Salva se sintió muy acogido. Rió, charló, bailó y brindó sin parar durante. Pero, en un instante de intimidad, buscó entre la multitud aquella silueta conocida, la de Noema.

Las minutos avanzaban sin pedir permiso. En un arranque de osadía, Salva quiso enviarle un mensaje a Noe, pero su móvil se había quedado sin batería. No tenía otra opción que coger fuerzas y lanzarse a callejear en su búsqueda, confiando en la suerte, en el azar, y en los dos mezclados como un spritz. Alrededor de las tres de la madrugada, se despidió de aquellos alegres anfitriones que le habían abierto los brazos y se encaminó hacia el Carmen. Buscó en cada pub, en cada casal fallero, en cada escenario al aire libre. Por su parte, Noe, recorrió más de treinta casales y garitos de la ciudad, siempre atenta a cada rostro. Pero no encontró aquel fallero exiliado y solitario que había perdido la esperanza de encontrarla cuando los letreros digitales le rebelaron que eran ya más allá de las seis. Salva acabó sentado en un bordillo de la calle Corona. Muchos lo tomaban por un borracho, sin embargo, estaba más cuerdo y sereno que los pájaros que empezaban a canturrear. Pensó que quizá podría ir a ver la Cremà de la falla de Noe al día siguiente, o mejor dicho, de aquel día, ya, diecinueve de marzo. No haberla encontrado era muy de Fallas: querer y no llegar.

Noe se despidió de sus amigas y se enfiló hacia el antiguo cauce del río cuando el negro del cielo empezaba a dar paso al azul oscuro. Las risas de la gente que aún resistía se habían vuelto suaves y más puntuales. Escuchó una pareja de señoras que hablaban de amores antiguos. «Todo llega», le dijo una de ellas guiñándole un ojo a Noema. Ella sonrió, sin saber por qué esas palabras le parecieron una promesa incumplida.

Salva se levantó, y se dirigió hacia su casal, a ver si allí podía cargar su móvi,l en un impulso de esperanza absurda. Entonces, cuando la ciudad empezaba a desperezarse, Noe y Salva entraron el el puente que unía las dos mitades de la ciudad, uno desde cada punta. Salva caminaba cabizbajo. Ella, a pesar de estar completamente derrotada, mantenía su postura erguida, aunque con algo de frío, por el rocío del inicio de la Primavera. «Eres tú?», pensó al verlo Noe desde la distancia. Salva levantó la mirada. Se sorprendió de ver cómo se parecía aquella chica que tenía al otro lado del puente a Noe. «No puede ser ella», se dijo. Ambos caminaron el uno hacia el otro, como en un pasadizo de los sueños, mirándose, cerciorándose a cada paso de que realmente eran él y ella. Se acercaron despacio, como si el amanecer pudiera romperse, en silencio. No se dijeron nada hasta quedar el uno frente al otro. Permanecieron unos segundos tan solo entrelazando sus miradas. Justo en ese momento, el sol asomó entre los edificios. Simplemente, se fundieron en un abrazo largo y tierno, como la noche que los había buscado hasta que se habían encontrado sus almas.


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